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A DONDE IRÉ A LLEGAR

Caen las lágrimas de mis tristes pensamientos, no he podido dejar de pensarla ni un solo instante, he sabido cómo mantener fuerte ese sentimiento y el inmenso río violento que corre dentro de mí cuando le recuerdo. Son las melodías de las estrellas, son los acordes de un piano, son los días grises, horas enteras en un ordenador escribiendo, miradas fijas a una fotografía que ocurrió sin ocurrir y un pensamiento inscrito y tatuado que asecha cada milisegundo de mi existencia, es una rutina que debo sostener y confrontar día a día. No tengo nada que valga la pena, todo lo perdí, todo está perdido, sin ella nada es lo mismo, quiero tenerla junto a mí. Iré. Iré pensando en cómo sacarla de mi mente, aunque nunca logre tal objetivo, pensaré que nunca fue su amor, y viviré como el hombre que sufrió de amnesia y que nunca más logró volver a recordar. Para qué engañarme. Sé, que muy probablemente la amnesia sea redundante en mi caso, pues le recuerdo con gran intensidad, mi espíritu depende de su necesaria existencia, mi sangre y sus proteínas andan inmersas en un caudal de amor por ella; es tanto pedirle al universo que conspire. En un ataúd de hierro vivo, hundiéndome entre las piedras oxidadas que me dejó con un beso inmortal, en una ciudad en donde solo existe ella, y una confusión que derrota y bloquea el más amplio torrente. A veces pienso en mi enfermedad, esa que resulta no vivir en la realidad. El mar de mis pensamientos suele despertarme, y no lo entiendo, no puedo descifrarlo. Un día le hice una canción con pedacitos de corazón, con una pizca de oro y un tanto de oxígeno que me saqué de los pulmones para enamorarle su hermosa conciencia de reina, pero innecesario fue. Esta vida que tengo, donde ella está incluida como si necesaria fuera, me resulta difícil sobrellevarla así; es que de verdad el pensar que sus cariños por mí se fueron, me consume el alma como un papel en la hoguera. Quisiera, pedirle que vuelva y me brinde de nuevo la posibilidad de entrar en su lecho y hacerle un castillo, quisiera convertirle cada pelo en láminas de oro, robaría al cielo su nombre para que me ilumine siempre la EXISTENCIA, compraría el elixir de la vida para siempre estar junto a ella. Aquí estoy cariño, pensándote a cada instante y mirándote a los ojos, no he podido vencer ese amor que por ti siento. En cambio tú, remota y displicente, sin brindarme la luz de esperanza que hoy necesito para vivir, por eso, reina de mi inmenso bosque no hago más que extrañarte y añorarte desde entonces. Mi aflicción me condena, pensar que ya no estoy en tu mente, y que otro asecha tus sentimientos me deja desolado y siento fallecer. Estoy triste, y creo que nunca la olvidaré; A meli...Autor: Francisco Diaz

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Poema Amor Verdadero de William Shakespeare

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