martes, 5 de enero de 2016

Tu desnudez, las sabanas y la Luna



El tirante del vestido en seda, caía en su brazo, después de tantas horas desabrochando los botones, destapando lo que parecía ser el paraiso; el amante se acercó a su pecho, inocentemente colocó su oído, así escucharía mejor lo que aquella mujer inquieta no decía, ni murmuraba con su voz; en medio de la silenciosa habitación, se mordian las imágenes de sus cuerpos a puntos finales de destapar, parecía sorprendente, como si eso no hubiese sido nunca, como si no fuese a suceder, como sí interrumpir ese momento, sería la gran granada de sus enemigos, -aquel momentito tan propio de ellos-, como si alguien en un segundo fumigaria insecticida sobre las ganas de los pequeños insectos, hormigas delante del inmenso universo, nadando para sobrevivir. Vacíos, porque nada pasaba aún, se podria decir que si no se desnudaban, alguno en ese cubículo entraría en desesperación, la Luna, Cupido  o los dedos; la energía debía ser mezclada, como sí enredarse en ese momento, sería la gran granada de los ángeles. Aumentó la confianza de cerrar las cortinas del mundo, para abrir las puertas de la ancha constelación.Mirando fijamente a los ojos de su amada, sonreía sin que nadie observará, pegados con la goma del eterno y lujurioso amor juvenil, yacían nuestros amantes sin ropa, ni excusas; a través de las coberturas del colchón; posando sus deseos en las curvas, firmes y desgastadas como reliquias de mármol, cada uno sentía los vellos de su espalda baja, vacilando con sus jugosos paladares abiertos dispuestos a probar y explorar sin razones, ni meditaciones; las manos calculaban el peso y la gravedad de llevarla hasta la posición de su cuerpo tendido en la cama, en plena madrugada. Desde el cielo, la llana cara de la Luna, se sonrojaba, temblando en conmoción, abría y cerraba sus alas, hasta volar entre los destellos de la pólvora, posando sobre el ventilador de los dias del año; para ver renacer y morir a un hombre y una mujer, quienes por primera vez dormían entre sábanas turcas, egipcias, europeas o costeras (solo ellos conocen los lugares de sus encuentros), entre sabanas donadas por las mismas estrellas, con la intención de cubrir el espeso frío de su separación. De vez en cuando, a ciertas horas ella despertaba con miedo, mientras su amado abrazaba su cuerpo, siguiendo los pasos en aquellos sueños de grandes temores y zaetas. Sonreían y hacían nuevamente figuras sobre la arena, sobre la cama, sobre las nubes  o sobre las plantas (solo ellos conocen las posadas de sus lechos). Entre más leche, entre más miel y besos, se embriagaron hasta morir rendidos, cuando nacía el sol Virgen que desconoce la faceta de los amantes..
Autor: Andrea s

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