viernes, 8 de noviembre de 2013

Miguel ¿el ángel?

Jazmín suspirando, le respondió a su pequeña nieta: -Devora, Era aquella tarde, tenazmente cálida, Estábamos en la clase de cálculo, el quinto semestre en la Universidad de Manhattan, una universidad de lujos intelectuales, sexo nocturno, y casta avaricia, (mis compañeras estaban preparadas para recibir al nuevo profesor de cálculo, al igual que yo). Esperábamos un típico 8, es decir, algún Pipon, quien nos diera horas extras para charlar y practicar la nueva rutina, y así, no asombrarnos de su repulsiva mirada, con la profesora de educación física. Era la primavera del 70, cuando el sol, aún no había experimentado las carnosas aventuras en los campos atletas. Ellas se asomaron por las ventanas de aquel tercer piso, con zozobra y la voz entredormida, gritaron mi nombre, todas abrieron los ojos azules, verdes, grises, marrones y amarillentos, todas colocaron su lengua frente a la baranda, parecían despavoridas. Susurrando me dijeron: "Es una clase de hombre que nos deja sin respiración, nos corta la energía, nos altera la palpitacion", sobre todo a mi (lo pensé en el mismo instante); entonces él, se baja de la moto, con esas gafas negras, una chaqueta cortopunzante, a veces corrosiva, y la mayor parte del tiempo penetrante, "¡ay, muerdeme!. Quisiera despertar de esa mirada intimidante, suelo ser ineficaz para sus labios, su pecho y sus sonrojos, ¡ay, liberame!. Quisiera soñar con ese palpitante deseo". Recuerdo cuando lo vi por primera vez, todas las muchachas se alertaban a la llegada de Miguel ángel o será ¿Miguel el ángel?, no logró distinguir, esa fue la primera vez, que mi vista tuvo el valor de admirar la textura de sonrisa pícara, su sabor, su suavidad. No me había sentido tan desorientada, tan viva, tan solemne. Nos alistamos a esperar a tan anhelado instrumento de sabiduría. Él entró con cautela y un tranquilo parpadeo, quito su venda, su traje, despojado de su chaqueta, arrojándose al tablero, al piso, a la silla, no logró recordar bien, pero supe que me había manchado de tanta humedad, porque la noche anterior, la tormenta había dejado impregnado el aroma de la lluvia, supongo que fue por tal motivo que hizo que mi falda se desvinculara de mi cadera, (o eso pensaba yo). Se presentó ante la clase; katterin tartamudeando, Josefina tragando en seco, La escalera, me pareció tan eterna, y un escalofrío inmerso me agarró hacia el espaldar de la silla, ¿que es lo que esta pasando con este tipejo? ... Autor: Andrea s

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